Una de las obsesiones de mi abuelo Ignacio Perpetuo fue la de evitar molestias a nadie, y mucho menos en los asuntos de morirse. “La meta de todo hombre que se precie de tal, muchacho, radica en no molestar, en procurar no ser una carga para el prójimo”, lo sentenciaba sin sonreír: enronqueciendo la voz para enfatizarnos la seriedad. “Si algo me jode en esta vida, es el tener que ocupar a otro”, dijo una vez a mi hermano Altamiro Benito, quien solía comportarse melindroso cuando alguna muchacha lo enamoraba a destiempo. Mi hermano Altamiro Benito se parecía cabal a mi abuelo Ignacio Perpetuo en lo físico.